
AQUEL ARTEFACTO
Por: Mónica Cardona Gelacio.
Aquella mañana entre los dos edificios de la facultad de Arquitectura, se erguía de manera simétrica aquel artefacto de madera, cada fragmento del que estaba hecho, se unía a otros en figura geométrica como buscando aferrarse a la academia nuestra y así fundirse para ser parte de la universidad.
La mirada de la comunidad universitaria, no solo de los estudiantes de diseño o arquitectura, buscaba encontrar el significado que diera razón a la presencia de esa construcción tan elaborada, la existencia de esta nueva estructura, de este artefacto, causaba una inquietud que lamentablemente ya no genera el otro que va a nuestro lado, si, este artefacto, nos invitaba a ser conscientes de nuestros sentidos, el paisaje olía a él, el espacio antes vacio estaba ocupado con su presencia, las sombras que producía cual estrategia de un insecto nos hacia presas de su elaboración cual telaraña.
Este habitante nuevo, artefacto elaborado de manera rigurosa, nos lleva de regreso a la teoría clásica de la arquitectura, en la que la forma es poesía, o sea el instante de la creación que hace al arquitecto, el sujeto divino que puede crear, que puede dar vida en realidades espacio temporales y cobijar o acompañar la existencia de habitantes que nunca serán los mismos después de su existencia.
En la universidad javeriana, se hablaba del extraño artefacto, de aquella construcción compleja, que exhortaba al transeúnte a preguntarse, o indagar a ser consciente del espacio público, de lo que nos hace referencia a la polis, a la ciudad y porque no decirlo a la realidad antropológica que nos dice que somos comunidades.
Bastaba un mes y ya veíamos artículos sobre el artefacto en la universidad, ya no solo se corría un rumor, también se conocían actividades de los estudiantes de nuestra facultad que nos hacían protagonistas de una especie de llamada, podría decir que hicimos una invitación como arquitectos a infinidad de transeúntes y gracias a aquel artefacto, aquella creación que aunque silente, nos hablaba en otro lenguaje, en el lenguaje de la forma, de la estética, de los materiales, de la arquitectura.
La arquitectura no solo es una construcción, siempre será un monumento a algo, a alguien o para alguien, de hecho, la manera como fue diseñado, refleja el acervo intelectual del constructor, su edificación es producto de códigos, de gustos y porque no decirlo de un lenguaje oculto que solo nos inquieta a conocerlo por medio de la impresión, de la sensación que despierta en nuestros sentidos.
El artefacto mientras estuvo uniendo a los talleres de diseño y la facultad de arquitectura, de manera simbólica, también hizo una mezcla entre la novedad en la construcción por medio de las técnicas propias de la arquitectura, su madera, tomaba como recurso a la naturaleza que muere para vivir de otra forma, y no porque el artefacto sea la primera vez que se hace, no, sino porque era traído de nuevo, para interrogarnos, para caer presos de una idea de alguien, de algún arquitecto, que como siempre, dejó en la construcción del mismo, aquello que es el motor de todo artista, de todo creador, un pedazo de su alma.
Por: Mónica Cardona Gelacio.
Aquella mañana entre los dos edificios de la facultad de Arquitectura, se erguía de manera simétrica aquel artefacto de madera, cada fragmento del que estaba hecho, se unía a otros en figura geométrica como buscando aferrarse a la academia nuestra y así fundirse para ser parte de la universidad.
La mirada de la comunidad universitaria, no solo de los estudiantes de diseño o arquitectura, buscaba encontrar el significado que diera razón a la presencia de esa construcción tan elaborada, la existencia de esta nueva estructura, de este artefacto, causaba una inquietud que lamentablemente ya no genera el otro que va a nuestro lado, si, este artefacto, nos invitaba a ser conscientes de nuestros sentidos, el paisaje olía a él, el espacio antes vacio estaba ocupado con su presencia, las sombras que producía cual estrategia de un insecto nos hacia presas de su elaboración cual telaraña.
Este habitante nuevo, artefacto elaborado de manera rigurosa, nos lleva de regreso a la teoría clásica de la arquitectura, en la que la forma es poesía, o sea el instante de la creación que hace al arquitecto, el sujeto divino que puede crear, que puede dar vida en realidades espacio temporales y cobijar o acompañar la existencia de habitantes que nunca serán los mismos después de su existencia.
En la universidad javeriana, se hablaba del extraño artefacto, de aquella construcción compleja, que exhortaba al transeúnte a preguntarse, o indagar a ser consciente del espacio público, de lo que nos hace referencia a la polis, a la ciudad y porque no decirlo a la realidad antropológica que nos dice que somos comunidades.
Bastaba un mes y ya veíamos artículos sobre el artefacto en la universidad, ya no solo se corría un rumor, también se conocían actividades de los estudiantes de nuestra facultad que nos hacían protagonistas de una especie de llamada, podría decir que hicimos una invitación como arquitectos a infinidad de transeúntes y gracias a aquel artefacto, aquella creación que aunque silente, nos hablaba en otro lenguaje, en el lenguaje de la forma, de la estética, de los materiales, de la arquitectura.
La arquitectura no solo es una construcción, siempre será un monumento a algo, a alguien o para alguien, de hecho, la manera como fue diseñado, refleja el acervo intelectual del constructor, su edificación es producto de códigos, de gustos y porque no decirlo de un lenguaje oculto que solo nos inquieta a conocerlo por medio de la impresión, de la sensación que despierta en nuestros sentidos.
El artefacto mientras estuvo uniendo a los talleres de diseño y la facultad de arquitectura, de manera simbólica, también hizo una mezcla entre la novedad en la construcción por medio de las técnicas propias de la arquitectura, su madera, tomaba como recurso a la naturaleza que muere para vivir de otra forma, y no porque el artefacto sea la primera vez que se hace, no, sino porque era traído de nuevo, para interrogarnos, para caer presos de una idea de alguien, de algún arquitecto, que como siempre, dejó en la construcción del mismo, aquello que es el motor de todo artista, de todo creador, un pedazo de su alma.





